Cuando escuchamos hablar de Lean, es habitual que no tengamos una idea clara de todo lo que implica. Sin embargo, cuando se menciona Toyota y Japón, inmediatamente asociamos conceptos como pasión, trabajo bien hecho, fiabilidad, eficiencia… en definitiva, Excelencia.
La búsqueda de la excelencia, cuando se convierte en un propósito permanente, nos enfrenta a una realidad: siempre hay algo más por aprender. En mi caso, esta pasión comenzó hace más de 20 años y, aún hoy, sigo convencido de que queda mucho por descubrir. Por ello, las Misiones de Estudio a Japón, donde hace más de siete décadas nació este modelo de gestión que hoy conocemos como Lean Management, representan una oportunidad única para aprender directamente en la fuente, en el Gemba, como ellos lo denominan. Cada visita supone una transformación personal y profesional.
La experiencia de recorrer empresas de referencia en distintos sectores, observar sus daily meetings, conversar con operarios, mandos intermedios y directivos, analizar los detalles, las señales, la gestión visual, el flujo de los procesos, la incesante búsqueda del desperdicio y el profundo sentido de propiedad que cada persona tiene sobre su trabajo… todo ello refleja una cultura orientada a la excelencia en cada actividad. Esta forma de pensar y actuar les permite alcanzar resultados extraordinarios y sostenibles.
Vivir esta experiencia, única e irrepetible, es algo que todo profesional apasionado por la gestión debería experimentar al menos una vez en la vida.
¿Por qué Japón? Japón, es una isla densamente poblada, con escasos recursos naturales, que ha convertido a las personas en su activo más valioso. Desde hace décadas, la gestión del talento orientada a la consecución de resultados empresariales excepcionales se ha consolidado como la principal palanca de mejora del país. Todo ello sustentado en una cultura profundamente arraigada en el orden, la limpieza, el respeto al prójimo y la superación de retos mediante el esfuerzo constante.
Como resultado, esta filosofía ha llevado a su sociedad y a sus empresas a desarrollar modelos de excelencia empresarial que han marcado la evolución del mundo desarrollado desde la segunda mitad del siglo XX.
Una de las experiencias más reveladoras que recuerdo ocurrió en una empresa de tamaño medio, ubicada en un remoto pueblo japonés. Aparentemente modesta, era sin embargo el principal proveedor de una de las marcas de fotocopiadoras más reconocidas a nivel mundial. Al entrar, se percibía una atmósfera de calma y armonía —el famoso Yamato japonés— que distaba mucho de la imagen habitual de una planta industrial.
En la zona de producción, la nave diáfana albergaba numerosas máquinas de inyección dispuestas en línea, como en un desfile, todas funcionando a pleno rendimiento. No eran equipos nuevos, pero al observar con detalle se apreciaban innumerables mejoras, claramente realizadas por los propios operarios. Todo operaba en perfecta sincronía, como una orquesta, y las cubetas con los diferentes pedidos salían a ritmo constante por el extremo de la nave.
Me acerqué a uno de los pocos operarios presentes y le pregunté por el resto de sus compañeros. Me respondió que en ese turno solo eran tres, y que eran más que suficientes. Me llamó la atención que estaba escribiendo algo en la pared con tiza, junto a otro compañero, en forma de escalera descendente, como si estuvieran deduciendo un problema paso a paso. Cuando pregunté qué hacían, me explicó que analizaban una incidencia ocurrida durante la noche para encontrar la causa raíz y evitar que volviera a suceder. Al preguntar por qué no lo habían resuelto en el turno de noche, me contestó con naturalidad: “Por la noche se trabaja con la luz apagada… porque por la noche no hay operarios”. Fue en ese momento cuando comprendí que aún me quedaba mucho por aprender.
Aprender en la fuente marca la diferencia.